ESTA HISTORIA ESTÁ BASADA EN HECHOS REALES

¡Lulú! Oui c’est moi. 5º Capítulo

 



Los deseos de Lulú rotos por Eduardo. Después de haber estado gran parte del día juntas, Rosa me preparó las fiambreras con la comida para Arturo y los muchachos (como ella les llamaba a pesar que eran más o menos todos de la misma edad). Las tenía que llevar a la cantera en una mochila antes que se hiciera tarde. Una vez terminada esa tarea, Rosa y yo nos despedimos y comencé mi caminata. Como iba a tener un buen tiempo a solas, me puse a repasar la locura de eventos sucedidos en mi vida en poco tiempo.

Mis padres en la capital esperaban la visa con el contrato de trabajo para una gran empresa de maquinaria agrícola, que nos daría la oportunidad de conseguir una vida con más posibilidades de progresar que en esta mugrosa villa de miseria. Mi tío nos iba a dar vivienda en un apartamento extra que tenía vacío en una ciudad vecina a Lyon. Esta idea de solo pensar que sucedería pronto, me hacía sonreír. Iba a poder tener amigos de mi edad e ir a un colegio en bus o cerca. No como aquí que caminaba casi cuarenta y cinco minutos para llegar a la escuela.

Mi segundo pensamiento se concentró en estos días. Había perdido mi inocencia en cierta forma y me entusiasmaba hasta el punto de que me hacía sentir más mujer, como que había crecido de golpe. Descubrir la sexualidad había sido algo que marcaba una etapa muy importante de mi vida… lo sabía. Arturo me había enseñado el gran paso de una forma muy placentera. ¡Lo había disfrutado a tal punto que me hacía feliz haber sentido a un hombre dentro de mí! Pero no era que él quien me había gustado, no. Me parecía atractivo, sin embargo es bastante mayor, podía ser incluso mi abuelo a sus casi 50 años. Luego de haber analizado esta parte llegué a la conclusión que lo que me gustaba era su masculinidad, su sexo, fortaleza viril representada en su enorme verga, la única que había sentido dentro de mi cuerpo hasta ese momento. Sentir su tronco hincharse en mis manos o dentro de mi coñito, sus venas bombeando para endurecer el grueso y largo tallo… era sin duda un macho muy bien dotado y un semental excepcional con una capacidad de eyaculación tremenda. Pero estaba empezando a imaginarme lo mismo en otros hombres y me causaban la misma excitación.

Y ahora, lo que me había pasado con Rosa al principio me causó confusión. Pero tras analizarlo bien, me di cuenta que al final todo se trataba de lo mismo… ¡¡SEXO!! Lo más básico del ser humano, aunque no lo había disfrutado de la misma forma que con un hombre, no me desagradaba para nada. Es decir, que se había despertado una nueva Lulú dentro de mí, una Lulú con nuevas fronteras, con deseos carnales, con ganas, cambiando los juegos infantiles para algo que me resultaba más atractivo y más disfrutable. Hasta los pensamientos me cambiaban y lograba vivir imaginaciones con una fantasía más próxima a la realidad. Cosas que tenía la posibilidad de sentirlas si buscaba la oportunidad.

Por ejemplo, ahora iba en camino a un lugar con gran expectativa pensando que iba a poder sentir otra vez algo que me llenaba totalmente de felicidad porque sabía que dependía de mi hacerla realidad. Sabía que los hombres están listos para ello cuando una mujer lo propone… ellos siempre están armados con su munición dispuesta, porque es ley de vida y de la subsistencia de la especie ¡Perennemente capacitados para fecundarnos! Y eso solo ya me excitaba, me hacía sentir escozor entre las piernas a punto de mojarme sin tocarme. Y cuando todo esto iba pasando por mi mente, lo inesperado. ¡Empezó con una llovizna que en pocos minutos fue creciendo en intensidad hasta convertirse en una lluvia bastante fuerte! Pensé en regresar para buscar refugio en un lugar lleno de árboles que había pasado hacía unos minutos apenas. Estaba convencida que había avanzado más de medio camino. Además de mi dependía que hoy cuatro hombres trabajadores se alimentaran bien. No lo dudé un segundo más y alejando mi mente de la negatividad continué como si nada estuviera pasando. Pasaron alrededor de quince minutos en esa intensidad y así como llegó se fue.

Finalmente había parado pero yo estaba hecha una sopa de pies a cabeza. Mi camiseta, el short, la ropa interior, las medias y los zapatos estaban ensopados. En el camino había charcos de agua y lodo que incomodaban más mi caminata. Así pasé unos diez minutos más y cuando estaba sintiendo cansancio por el peso de la mochila y la ropa mojada, divisé los montones de arena de la cantera. No veía a nadie cerca de la carretera hasta que llegué a la senda de entrada hacia la casita donde pasaban la noche de guardia. Aquí los charcos eran mayores y debía desviarme en varias oportunidades lo cual aumentó más el peso de mis zapatos con la acumulación de barro. Ya no daba más. Tenía ganas de sentarme a descansar un rato y cuando ya estaba casi decidida, ¡divisé la torre de agua con el molinete! Sonreí al empezar a ver el techo de la casa y luego la entrada.

En la puerta me quité los zapatos para no ensuciarles el piso con barro y abrí. Me encontré con Luis Eduardo que terminaba de ponerse una camisa. Los dos nos sorprendimos.

– ¡Hola Lulú!

– ¡Hola!

– Déjame ayudarte con la mochila – dijo apurándose a ayudar a quitármela.

– ¡Gracias! Ya estaba bien cansada.

– ¡Pero… estás calada hasta los huesos mi niña!

– Si, me pilló el chaparrón a medio camino.

– La verdad que eres valiente haber llegado hasta aquí con este tiempo.

– Es que no quise regresar cuando empezó a llover porque les traía de comer y no sería justo dejarlos sin la comida.

– Gracias Lulú. Además de hermosa tienes un corazón muy grande.

Dejó la mochila en la encimera de la cocina. Luis Eduardo debería tener unos cuarenta años creo, como casi todos. No soy muy buena en eso pero es menor que Arturo. Es bajito, con aspecto de ser fuerte. Tiene una cara bondadosa pero cuando sus ojos se entrecierran hay algo de picardía en ellos. Lo había notado la vez pasada cuando estaba charlando con Arturo el día que vine. Tiene el pelo con muchos rizos y abundantes. Con la barba crecida de unos cuatro o cinco días que no se afeitaba. Su boca es fina que la hace más agradable por esos dientes blancos que se asoman cuando sonríe. Cuello grueso. Manos muy maltratadas con uñas cortas un tanto manchadas por maquinaria a pesar de que usar guantes. Era un ahombre duro como Arturo, capaces de manejar esa maquinaria pesada demoledora de piedra. Estaba vestido con unos pantalones anchos para mayor comodidad mientras trabajan y la camisa de franela para protegerse de vientos un poco fríos cuando va anocheciendo.

Cuando se dio vuelta me dijo caminando hacia mí con sus vivarachos ojos y sonrisa muy agradable… – Tienes que quitarte esa ropa, está mojada ¿Tienes qué ponerte?

– No, no traje nada más.

– Déjame ver… – dijo cambiando de rumbo para buscar entre su ropa.

Sacó una toalla y una camiseta vieja pero sin sudar, que me ofreció con una sonrisa amistosa.

– No te va a quedar muy justa, pero te va a servir para que entres en calor y tengas algo seco para ponerte – me dijo midiéndola en mi cuerpo. – Pero si quieres caliento algo de agua para que te laves un poco. ¿Quieres?

– Bueno… si. Tengo algo de frío.

Tenía las piernas completamente manchadas de lodo y los pies habían cambiado de color. Miré alrededor como algo curiosa y le pregunté… – ¿Dónde están los demás?

– Nada más paró la lluvia volvieron a la cosecha. Yo me tuve que cambiar porque estaba más lejos y para llegar hasta aquí me calé vivo. Hice lo mismo que tu vas a hacer y me siento muy repuesto ahora. Hazlo, créeme que te vas a sentir bien.

Mientras me hablaba estaba calentando el agua en un contenedor grande que tenía su propio fuego de leña por debajo. Me señaló una palangana grande en el medio de la sala. Por suerte el fuego se mantenía encendido y se me hace más rápido poder calentar más el agua.

– Ahora te ayudo si quieres. Te metes allí y te pongo el agua. No entendía cómo iba a hacer porque pensé en que pretendía que me desnudara así nada más. Debe de haber leído el gesto en mi cara porque enseguida agregó. – Oh, no te sientas mal. Pensaba que te metieras con tu camiseta y la ropa interior y de paso lo lavas para luego colgarlas para que se sequen. Yo te puedo dejar a solas, no hay problema.

Me sonreí pensando que mi mente había sido más malintencionada que la de él. Creí que buscaba verme desnuda.

– Esta bien Luis Eduardo, gracias. No tienes que irte.

– Bien. Si quieres quítate el short y te metes. Yo voy agregando baldes con el agua tibia. ¿Sí?

– Sí.

Me quité el short y las medias y me metí en la palangana. Él me miraba y yo lo miraba para estar preparada cuando me tirara el agua. Cuando se aproximó me recogí un poco el pelo con las manos y empezó a echarme el agua lentamente en la nuca. Recibí esa agua tibia con mucho placer porque finalmente mi cuerpo volvía a su temperatura normal poco a poco. Fue a buscar más y me trajo también un jabón.

– Toma, si quieres lavarte un poco también.

– Gracias – le dije mientras seguía llenando el tanque.

Cuando el nivel llegaba a mi cintura dejó de traer agua.

– ¿Está bien así? ¿Te sientes mejor?

– ¡Sí! Ahhh… – levanté mi cabeza disfrutando mientras mi mano mantenía el pelo recogido.

El se sentó en un banquito bajo al lado mío… – Mira, yo me tengo que ir. Pero cuando termines no te preocupes de tirar el agua de la palangana, yo lo hago cuando regresemos.

– Bueno, gracias – dije asustándome cuando el jabón se me resbala y cae dentro.

– Ja, ja, ja! – se rio Luis Eduardo

Yo miraba dentro tanteando con una sola mano porque no quería soltar mi pelo. No quería que se mojara porque no tenía cómo secármelo rápido.

– ¿No lo encuentras? – Dijo metiendo la mano dentro – ¿te ayudo?

Me encogí de hombros como afirmando. Buscábamos los dos y él lo encontró casi debajo de mi entrepierna.

– ¡Aquí está!

– Ja, ja, ja, gracias… – dije mirándolo nerviosa al sentir su mano en mi piel tan cerca de mi intimidad. Otra vez esa mirada pícara se reflejaba en sus ojos sonrientes.

– ¿Te ayudo? – dijo pasándome el jabón en la pierna más cercana a él, a lo largo en dirección a mi pie. Le sonreí nerviosa y bajé la vista. Sus ojos me atraían la atención y el contacto de su mano acariciándome con el jabón me estaba gustando más de lo que debería ser. La situación parecía tomar otra forma en mi mente. El calor que me volvía y me hacía sentir relajada. La tranquilidad del lugar y el ruido del agua resultaba un aliciente. No sé qué me pasaba en aquella casita tan acogedora fuera de lugar en tan inhóspito emplazamiento.

Al bajar la vista me di cuenta que la camiseta mojada no dejaba nada de mis tetas ocultas. Los pezones se veían clarísimos así como la areola. Se marcaban como si no existiera la tela de mi ropa. Cuando su mano regresaba del pie hacia arriba, levanté mi mirada y encontré sus ojos fijos en mis tetitas. Me miró y nos sonreímos los dos a la vez. Yo con vergüenza. Él con deseos. Mi mano seguía sujetando el pelo y la otra posada al borde de la tinaja. Su mano llegaba al destino que sin quererlo me hacía entrecerrar los ojos. Bajé la cabeza inmediatamente para que esa sensación no fuera descubierta, pero no pude. Uno de sus dedos llegó a donde más deseaba que llegara.

Levanté la cabeza apoyando la nuca en el borde y quedé con la boca entreabierta a punto de gemir acompañándolo con un movimiento de mi pecho hacia adelante. Ardía de deseos.

Ahora esa mano volvía a alejarse hasta la rodilla pero yo no abandonaba mi posición. Respiré profundo por la nariz y cuando la mano volvió a subir, esta vez fue más decidida y la palma completa cubrió mi vulva. En ese momento abrí los ojos otra vez y tenía su cara muy cerca. Le sentía el aliento. Mi boca se abrió automáticamente junto con mis piernas ante un movimiento de su mano que otra vez paseaba la palma de arriba hacia abajo. Y cuando volví a cerrar los ojos, el calor de sus labios presionó los míos y mi lengua saltó para juntarse a la suya. ¡Estaba totalmente fuera de control otra vez! La lujuria de mi clítoris se apoderaba de mi voluntad... el ardor de mi coñito era quien marcaba mis deseos.

Esa mano llegó al borde del elástico de mi interior y sin el menor esfuerzo venció la resistencia resbalando por la carne y el monte de Venus hasta la entrada de mi rajita. Una vez pasó hacia arriba otra vez, de regreso el dedo corazón de su mano bajaba presionando entre los labios de mi vulva que no puso ninguna resistencia a que lo fuera metiendo. Sus labios se apretaban más a mi boca y poníamos más fuerza en el contacto de los labios y en los movimientos de nuestras cabezas de un lado a otro, dándole la oportunidad a nuestras bocas para comernos uno al otro. Levanté la pelvis como pude cuando dos dedos se colaban dentro de mí angosta grieta. Gemí en su boca. Solté me pelo y sin hacerme caso, mi mano descontrolada fue a parar a su entrepierna. Se la toqué por encima de la ropa. Estaba durísima y peleaba por salir del pantalón, quedando liberada de tan dura prisión… – Así… tócamela así pequeña…

– ahhh… – fue mi respuesta a su movimiento de los dedos en continuo de fuera hacia dentro de mi vulva. Este hombre llevaba varios días de trabajo en el plantío sin una mujer cerca.

Me ayudó con su mano a desabrocharse y ni bien la sacó fuera me llevé una sorpresa al tocarla. ¡Era mucho más gorda que la que conocía! Quería mirar pero no lo hice. No quería que ese momento cambiara de energía. Se presentó ante mis ojos una verga más corta que la de Arturo, pero extremadamente más gruesa imposible de rodear con mis dedos... un tronco enorme que pensé imposible de introducir en mi grieta enjuta tan infantil.

– ¡Así Lulú…! ¡Pajéame…!

Curiosamente no tenía prepucio, era una polla con la cabeza despejada y del mismo tono de piel en toda su longitud, era hermosa, dura y robusta.

– ¿Así? – le dije mientras mi mano subía y bajaba.

– ¡Sí! ¡Asiii! ¡Qué bien lo haces! Lo tienes muy practicado con Julián ¿Verdad?

No me dejó contestar…. Y volvimos a comernos las bocas. Ahora con más desespero. Su mano me quitó el interior del todo y se levantó del banquito. Me ayudó a levantarme y me quitó la camiseta. Mis pezones lo apuntaba durísimos a lo que no se hizo esperar y me los empezó a chupar. Le abracé la cabeza mientras mis dedos se colaban en su cabello con lentitud. Su boca me hacía sentir ese deseo de que no se detuviera chupándome toda. Pasaba de uno al otro pezón y abría la boca para meterse toda la areola entre los labios. Su lengua se paseaba por todo alrededor dejándome las tetas humedecidas de su sabrosa saliva caliente. Ahora mis dos manos y diez dedos le revolvían el cabellos y apretaban su cabeza con un poco más de presión para que me chupara con más insolencia.

Sus manos bajaron hasta mi trasero y agarrándome por las nalgas me levantó en el aire. Su pantalón cayó a plomo al suelo…, parado, sin apoyo atrajo la entrada de mi vulva hacia esa arma dura y erguida que buscaba su víctima, un rígido falo recto y cabezón sustentado por una recia viga empotrada en un cuerpo musculado de su duro trabajo rutinario. Lo ayudé abrazándolo con mis piernas y colgada con mis brazos alrededor de su cuello. Sus manos me obligaban a avanzar mi pelvis hasta que la punta de esa gruesa y dura carne intentaba penetrarme. Hubo un poco de resistencia porque mi pequeña entrada no había dilatado lo suficiente todavía. Seguimos intentando moviéndonos. Yo subía mi pelvis hasta donde podía, resbalándome hacia abajo y sintiendo esa poderosa verga que resbalaba entre los labios de mi coñito deseando abrirlos similar a una boca de túnel.

Me prendí de sus labios otra vez besándolo con más furia y empujé como pude hasta que la cabeza se esa polla venció la entrada enjuta, más de lo que debía tras 48 horas de fornicio. Me dolió un poco pero él me balanceaba de arriba a abajo con las manos en mis nalgas todavía, hasta que las subió a mi cadera y me empujó con fuerza. En ese momento resbaló hacia adentro y ¡Me penetró toda de una sola embestida! Expandió la boca de mi coño como nadie, en esos momentos pensé que así se me abriría en el momento de parir a uno de sus hijos.

 “¡Qué gruesa la tiene!” Pensé, comparando la situación con la de Arturo. Mi orificio estaba muy estirado. Sentía un poco de incomodidad en los tendones de donde se abren las piernas. Me quedé abrazada y quietecita por unos instantes, como si me hubiera paralizado con ese dolor.

– ¿Te duele pequeña…? – me preguntó muy cordial.

– ¡Sí…! ¡Bastante! La tienes muy gruesa ¡Me vas a reventar a pollazos…!

– Cálmate, no quiero que te sientas mal. Quedémonos quietos por un rato y vas a ver cómo te acostumbras a mi verga. Sé que la tengo muy gruesa y es difícil meterla en coñito tan ceñido.

– Bueno… – se me salía una lágrima y después otra.

Pero eran lágrimas de dolor mezcladas con deseos incontrolables de que me follara. Me gustaba este hombre. Me gustaba cómo se había desarrollado este momento tan bonito de pasión… Pasamos así un par de minutos sin dejar de besarnos. Nuestras bocas totalmente mojadas por la saliva que nuestras lenguas emanaban, por abrir las bocas lo más grande posible a cada chupada de labios, nos comíamos la bocas restregándonos las lenguas por el paladar, los dientes y mamándonoslas, en tanto notaba como mi coño se amoldaba a su tranca

– ¿Todavía te duele mucho?

– No, ya no tanto… Creo que podríamos continuar follando… ¡Pero no la metas entera!

Me moví como pude. Quería sentir. Quería que me ayudara. Y él caminando y sosteniéndome con sus manos en mi trasero, me apoyó la espalda contra la pared y aprovechó a sacarla un poco y volver a penetrarme con un juego de cadera. Para un tipo tan musculoso, yo solo era una pluma o un simple trozo de carne clavada a modo de brocheta por su estoque.

– ¿Así la puedes aguantar ahora?

– Asihhh… siihh! – gemí.

– ¡Qué rico tienes el coñito, Lulú…! Te voy a dejar un gran regalo ahí dentro… llevo una semana sin vaciar los huevos y los tengo a rebosar de leche ¿Te gustaría tenerla en tu coñito?

– Por favor, ¡Dámela toda! Riégame el coñito con tu espesa lefa ¡No sabes cómo me gusta!...

Y sin acabar de decirle cuanto necesitaba su follada, lo miré sonriéndole con los ojos y me abalancé contra su boca otra vez. Me encantaba besarlo. Ahora más que estábamos tan apretados, completamente acoplados por la pelvis, prestos a aparearnos. No cabía ni un papel entre nosotros. La tenía muy adentro en esa posición…completamente calada hasta los huevos. Me gustaba. Le sentía los testículos contra el orifico de entrada de mi trasero. Se salió un poco y volvió a penetrarme con fuerza, volvía a notar sus huevos golpearme el culo. La posición mía contra la pared con las piernas en alto alrededor de su cintura le permitía entrar hasta lo más recóndito de mi vagina. Poco a poco nos empezamos a mover y fuimos aumentando la velocidad. El deseo de fornicar como animales llegaba a un punto tan desesperado, que parecíamos dos furiosos contendientes peleando uno con el otro por sentirse lo más adentro posible… impulsaba hacia abajo y él espoleaba hacia arriba al mismo tiempo.

– ¡Te voy a dar mi leche! – Me gritó – ¡¿la quieres?! La tengo a punto de caramelo Lulú…

Aquella pugna no duraba más de diez minutos, pienso que mucho para un hombre que llevaba sin follar tanto tiempo, aguantó bastante haciendo paradas estratégicas para que yo alcanzase un orgasmo al menos…así fue, pero él continuó ajando mi coño una y otra vez mientras mi coño pulsaba entre contracciones de placer. Arreció con más ritmo, sabía que iba a correrse ya, le ayudé a aumentar la frecuencia fornicadora y de pronto le dije…

– ¡Vamos cabrón! ¡Así! ¡¡Sí!! ¡¡Dámela!!! – me atreví a gritarle yo a él. – ¡lléname de tu lefa! ¡¿No quieres preñarme... No quieres preñar a una nena?! ¡¡PRÉÑAME!!

Una embestida más fuerte que las demás, seguida de una pausa. Luego otra embestida con otra pausa y sentí el calor dentro de mi cuerpo del rico néctar viril que prueba el éxito femenino.

– ¡Tómala! ¿La sientes putita? Me vas a deslechar como nunca otra puta lo ha hecho ¡Tómala!

– ¡Siiiiihhh!!! ¡Ahhhh….! ¡Siiihh! La quiero toda dentro de mi útero… ¡Inúndamelo bien cabrón!

– ¡Te estoy llenando la vagina de leche! ¡Qué divina la tienes!

– ¡Llénamela! ¡PRÉÑAME si puedes hijo de puta! ¡Vacíame tu leche bien dentro el coño…!

Me desconocía. No me importaba decirle cosas tan fuertes que nunca pronuncié. Quería que me hablara sucio y yo quería hacer lo mismo con él.

– ¿Te gusta?

– ¡Me encanta follarte el coño tan apretado que tienes, putita!

– ¡No pares! ¡Sigue follándome  por favorrrr…!!!

Tenía miedo que no me dejara terminar, pero no me defraudó. Siguió moviendo su verga dentro de mí hasta que me llegaba la explosión de emoción que me daba un orgasmo insolente, un orgasmo que me hacía temblar las caderas y restregarle la vulva muy fuerte contra su pelvis, de arriba a abajo con desespero y gritando mis gemidos tan altos como podía. Me frotaba el clítoris contra su pubis enervándome al infinito y más allá. No lo podía soltar. Mi orgasmo era interminable y todo mi sistema nervioso se volvía loco. La piel se me erizaba y mi boca buscaba seguir chupándole la suya. En pocos segundos mis empujones y restregones eran más espaciados hasta que empecé a calmarme entre esténtores. Mis mejillas hervían.

Entre las piernas sentía deslizarse un poco de semen mezclado con mis jugos orgásmicos. Me transportó hasta el borde de una de las camas y me depositó sacándome la polla lentamente para observase como la extraía dejándome el boquete en mi coño. Finalmente salió toda como escupida por mi vulva, con un poco más de semen derramándose en la frazada de la cama y un poco en el piso… aquel animal tenía leche para preñar a diez vacas.

Sorprendentemente Luis Eduardo se arrodilló levantándome las piernas y me empezó a chupar mi coñito. Sentía un deseo enorme de ser follada otra vez, el ardor no se calmaba teniendo a un semental tan potente para mí sola. Quería más y él también. Se dio media vuelta y me puso a horcajadas sobre su boca. Me chupó arrastrándome con sus manos en mis nalgas a lo largo de todo mi conejito. No daba crédito del deseo que otra vez me despertaba. Siguió pocos segundos más y otra convulsión me hizo sacudir hasta que caí en otro orgasmo largo apretándole la cara con mis piernas y restregándome en su boca. Él chupaba deliciosamente, su lengua me penetraba y me desesperaba. Otra vez, poco a poco me fui abandonando. Lentamente recobraba mi conciencia normal, volvía a tener un poco más de control. Nos quedamos así por unos minutos. Se puso a la altura de mi boca y le chupé los labios, le pasé la lengua y disfruté de toda esa mezcla de semen con mi corrida.

– ¡Bien Lulú! Posees una calentura muy grande. ¡Eres divina follando! ¡No te imaginas cuánto me has hecho gozar! Me sonreí mirándolo a los ojos. – Me doy cuenta que te gusta mucho la verga, ¿verdad? Eres esa hembra que no pueden vivir sin una polla en el coño.

Y volví a sonreír hasta que lancé una corta carcajada nerviosa.

– Bueno. Tengo que regresar a la faena de la cantera. Anda, termina de vestirte y trata de secar tu ropa en la estufa de leña.

Luis Eduardo se vistió y antes de irse me dio un abrazo con un beso en la boca.

– Nos vemos preciosa, disfruta de la estancia… y deja que mis bichitos hagan su trabajo aquí dentro… lo mismo te he encargado un Eduardito, dijo tocándome con la palma de la mano mi vulva.

– No creo, aún no tengo la regla… ¡Tus bichitos no podrán preñarme aún! Pero me han dado mucho gusto sentirlos, Chao – le dije en punta de pie para llegar a sus labios otra vez.

Se fue y me puse en la tarea de arreglar todo como pude. Vacié la tinaja balde a balde y finalmente me dediqué a preparar la comida para calentarla cuando llegaran. Me tiré en la cama y quedé dormida mientras pensaba lo bien que me había hecho sentir Luis Eduardo. Pensé en lo que me había dicho Rosa acerca de los hombres que me miraban con deseo. Me di cuenta que de mí dependía que estas cosas sucedieran con quien yo quisiera. En cierta forma yo ponía las reglas y ellos las potentes erecciones que me perforaban con tanta impulsividad. Arturo y Luis Eduardo eran dos especímenes de macho viril como pocos te podrías encontrar en la ciudad, eran hombres musculados por el trabajo duro de la cantera de piedra, simples en sus vicios y deseos, lo que les llevaba a ser naturales en las relaciones entre hombre y mujer… FOLLAR Y PROCREAR. “¿Qué estará haciendo Rosa? ¿Habrá llegado a la ciudad?” Y al rato mis pensamientos se fundieron en un sueño quedándome dormida.




 

¡Lulú! Oui c’est moi. 6º Capítulo





El punto de vista de Arturo compartiendo a su esposa. Arturo divisó a Luis Eduardo que regresaba de la casita. Se había cambiado de ropa. Ese chaparrón nos había obligado a correr para refugiarnos. Daniel y Antonio se salvaron porque al estar más cerca del refugio no se mojaron, llegaron antes del chaparrón. Cuando Luis Eduardo pasa por mi lado… – ¿Sabes que llegó Lulú con la comida que envió Rosa?

– Si. Sabía que venía.

– Pobrecita, llegó hecha una sopa porque la agarró la lluvia a medio camino.

– ¿Le diste algo de ropa seca?

– Sí. Una camiseta que le llega casi a las rodillas! Ja, ja, ja. Y de paso le ayudé con la tinaja para que se diera un baño de agua caliente. ¡Qué linda se ha puesto esa nena…!

Ni le pregunté el porqué de su comentario. Me lo imagino. Conozco a Luis Eduardo desde muy jovencito. Nos hicimos muy amigos desde que llegamos a la villa. Es al que siempre invitamos a comer cuando regresamos del campo. Poco a poco fui descubriendo que es un prevalente follador sin miramientos que no deja escapar oportunidades.

Rosa, mi mujer, también lo descubrió “accidentalmente”. Desde que nos mudamos, él me hablaba mucho de mi mujer. Me decía cosas como… “Tienes mucha suerte, tu mujer es la más linda de la villa. Tiene un cuerpo muy atractivo”. Y se interesaba en hacerme preguntas de cómo la había conocido y demás. Hasta que un día me preguntó si era buena en la cama y entramos en el tema de la sexualidad con más profundidad.

Desde que conocí a Rosa fuimos muy sinceros en la rutina diaria. Y así fue que llegamos a decirnos sin tapujos las cosas que deseamos en la vida de cama. Primero fantaseábamos con amigas y amigos, a veces con familiares y hasta con gente que apenas conocíamos. Luego deseamos convertir algunas en realidad.

Desde el principio nos sentimos muy enamorados el uno del otro y eso nos daba una estructura matrimonial muy firme sin llegar a estar casado oficialmente, por esa razón es que no nos costó nada poder dar el paso. Y todo se inició con Javier, uno de mis mejores amigos a quien le confié que lo utilizábamos en nuestras conversaciones durante el sexo, algo que se había convertido en costumbre y punto de calentura morbosa.

Normalmente lo invitábamos a comer en nuestro humilde apartamento de apenas dos habitaciones que teníamos en la ciudad, antes de mudarnos a la villa. No había nada más que la cocina con una mesa y cuatro sillas, el dormitorio y el baño. No teníamos sofá ni había lugar para tenerlo. Javier todavía hoy, vive a unos veinte minutos de ese apartamento, y tiene un negocio que está apenas a una manzana y media. Él fue quien me había dado el dato de que se había liberado ese apartamento cuando estábamos buscando donde vivir y yo lo alquilé de inmediato.

Tras la confesión que le hice a Javier se lo comenté a Rosa y ese día terminamos de hacer el amor hablando de cómo ella quería que se lo hiciera nuestro amigo. Tengo muy claro que tanto él como ella se sentían atraídos físicamente desde que los presenté. Siempre los dos por separado me hablaban de alguna virtud física que el otro poseía. Creo que eso fue lo que me provocó mencionar a Javier de vez en cuando durante nuestras sesiones se sexo. A Rosa le avivaba comentarle la fortaleza de Javier, y el tamaño y forma de su verga.

Pero ante la inminente próxima reunión en la que sabíamos todos a que los nos íbamos a enfrentar, Rosa quedó tan excitada que al día siguiente pasó por el negocio para hacer las compras de lo que se necesitaba en la casa y lo invitó a “un aperitivo” cuando cerrara el almacén. Ella misma me contó que la respuesta de Javier no se hizo esperar y que al despedirse ella le dio un beso en la comisura de la boca, cosa que aprovecharon para abrazarse arrimando la pelvis un poco más de lo acostumbrado y que definitivamente estaba claro que se estaban permitiendo llegar a más de lo normal entre amigos.

Me confesó que los dos inconscientemente buscaron posicionarse para sentir el lugar perfecto donde presionarse mutuamente un par de veces y que definitivamente la había calentado mucho sentirlo. Pero como entró gente no pudieron seguir y se regresó a casa.

A las siete de la noche, tras el cierre del negocio, Javier llegó como había prometido y traía dos botellas de vino. A pesar de que nosotros estábamos conscientes de lo que podía pasar, teníamos un poco de nervios mezclado con excitación. Durante toda la tarde nos besamos más que de costumbre mientras ella preparaba la comida, nos abrazábamos cada vez que teníamos oportunidad y cuando nos duchamos nos mimoseamos como dos jóvenes en pleno período hormonal. Rosa estaba vestida normalmente, aunque la camiseta era cerrada dejaba ver bien lo redondo de sus tetas. Es una parte de su cuerpo tan atractiva como su trasero. Se puso una falda cortita y bien suelta que le resaltaba ese par de piernas tan preciosas que tiene y se le levantaba un poco de atrás por la curva de sus nalgas tan respingonas, cada vez que caminaba a buscar las cosas para servirnos. Javier la miró un par de veces sin poner demasiada atención para no incomodarme, y para romper el hielo comenté…

– ¡Dime si esa falda no le queda intensamente deliciosa! Mírala bien y dime ¿no te parece atractiva?

Rosa se dio media vuelta y riéndose divertida, volvió a girar con más fuerza levantando la cadera y dejando ver un poco sus nalgas cubiertas por unas bragas blancas que apenas le cubría la mitad.

– ¡No hay duda! – dijo Javier soltando la risa también.

Ella se volvió a girar con los brazos en la cintura en pose de modelo y nos guiñó un ojo como continuando con la broma. Nos quedamos en silencio mirándola en su ir y venir a la mesa y se puso a tararear una canción sin letra.

Puso varios platitos con quesos, jamón, aceitunas y unos pastelillos pequeños de espinacas, tres copas y una botella de vino. Por los nervios o la expectativa, mientras charlábamos, sus grandes ojos casi azabaches estaban más vivaces que nunca… más inquietos que nunca. Inconscientemente, cada vez que tomaba un sorbo de vino se pasaba la lengua en los labios de un lado al otro. Se reía con nervios y hablaba con ansiedad. Opté por acariciarle la pierna por debajo de la mesa para relajarla un poco y según me comentara después, eso la hizo relajar y controlar más el nerviosismo. Me sonrió. Así pasó el tiempo y nos bebimos una botella y media del vino que mi amigo había traído.

En un momento dado, todos quedamos en silencio. Parecía que no se nos ocurría otro tema. Me pareció que Javier entraba en un momento de incomodidad por no saber qué decir y solo se me ocurrió decir algo en irónico con cierta seriedad… – ¿Qué os parece si nos vamos a sentar al sofá del salón?

Todos miramos alrededor como buscando algo inexistente y nos reímos a carcajadas por la ocurrencia. No había ni siquiera otro rincón donde sentarse.

– Vamos – dije estirándole la mano a Rosa. Los dos nos levantamos y nos dirigimos al cuarto sentándonos en la cama. Desde allí llamé a Javier que se había quedado sin saber qué hacer…

– Ven Javier ¡Este es el sofá en esta casa! – y volvimos a reír.

Se levantó de la mesa y vino hacia nosotros. Se sentó al lado de Rosa. Otra vez se hizo silencio hasta que finalmente halé a Rosa de los hombros y caímos quedando los dos de espaldas. Poniéndome de lado le di un beso prolongado que ella me respondió muy fogosamente, mientras mi mano subía levantándole la falda hasta descubrir sus bragas. Javier del otro lado se recostó poniendo un codo al lado de la cara de Rosa mirando cómo nos besábamos. Mi mano se posó entre las piernas de mi esposa provocando que sus piernas se abrieran un poco como una autómata y gimió. Separamos los labios al instante en que mi mano continuaba un camino ascendente levantando la camiseta hasta descubrir sus tetas aprisionadas por el sostén. Bajé la cabeza queriendo encontrar mi mano con la boca y mis dedos comenzaron a quitarle esa prisión del pecho. Buscaba el broche del corpiño que me separaba de sus deliciosos pezones y al levantar la vista vi que la mano de mi esposa buscaba la nuca de Javier y lo empujaba dándole valor para que la besara. Juntaron las bocas y vi la lengua de ella encontrando la de mi amigo hasta que sellaron los labios en un beso con mucha sensualidad.

Debo confesar que había pensado bastante en este momento. Creí que podía sentir algo de celos o rechazo cuando se hiciera realidad, pero contrario a todos esos pensamientos, verlos me produjo más deseo, más sensualidad y se me endureció la polla en un instante.

Después de liberar sus tetazas me metí un pezón en la boca y empecé mi tarea de mamarlo y provocar su endurecimiento con mi lengua bien húmeda. Escuchaba el sonido de sus bocas y de sus lenguas mezclándose y desde la posición que me encontraba aprisionando uno de sus pezones, vi la mano de Rosa caminando en dirección a la bragueta de Javier. Buscaba apoderarse de su verga y él movía su cadera ayudándola con esa movida. Entonces sentí una exclamación de Rosa con los ojos muy abiertos en forma de sorpresa y sin despegar sus labios de los de él…

– ¡Qué grande que la tienes! Y yo intervine contestándole

– No te dije nada para que tú misma lo descubrieras…

– ¡Me encantan la pollas gordas y bien largas! – juntando las manos lo empezó a pajear.

Entonces Javier habló por primera vez… – ¡Umm Rosa…! despacio que me tienes a punto.

– mmmhh… ¿Te gustó mucho verme con mi ropita ligera? A Arturo también le pone cachondo cuando me visto como una colegial y mi tanguita.

– No me extraña… ¡A mí hace tiempo que me gusta verte…!

– Me di cuenta cuando me abrazaste en la despensa… pero no me había dado cuenta que te gustaba tanto… este pedazo de misil no es normal.

– ¡Es porque me encantas, mira como me pones de burro!

Las manos de Rosa seguían haciendo su tarea lentamente, con paciencia en aquel mástil de difícil abarcamiento. De vez en cuando se pasaba la lengua por las palmas de las manos y seguía. Javier empezaba a gemir y le decía…

–…despacio preciosa, porque de lo contrario me puedes sacar la leche muy rápido. ¡Me tienes muy caliente…! ¡La tengo hirviendo en la olla!

– No… – contestó Rosa. – No voy a dejar que se desperdicie así sin más. La quiero dentro de mí… la esencia de un hombre es demasiado valiosa como para derramarse.

Su tono era mimoso y con tanto deseo que escucharlos hablar con tanta sexualidad aumentaba mi calentura. Jamás habría pensado que me gustaría tanto que se la follara  alguien más enfrente de mí. Lo que habíamos hablado entre ella y yo durante nuestras sesiones de sexo privado no se arrimaba a esta realidad. Tanto ella como yo volábamos de calentura en este momento. Dirigí mi mano hacia abajo y empujé el elástico de sus bragas. Me ayudó levantando la cadera y luego se quitó el resto ni bien pudo engancharlo con el pie. Él hizo lo mismo y se quitó el pantalón y los calzoncillos así como estaba, sin pararse. Parecía que no quería abandonar esa posición.

Le dije a mi mujer… – Déjame sacarte la camiseta mi amor.

– ¡Sí cariño, quítamela!

Tuvo que soltar la verga de Javier para levantar los brazos y permitirme terminar de desnudarla. Él no esperó nada y mirándole las tetas con deseo, comenzó a descender pasándole la lengua por el cuello y el pecho hasta atrapar un pezón con su boca. Ella me miró por primera vez desde que habíamos empezado y me sonrió con sus ojos agradecidos y cómplices. Mantenía la boca entreabierta respirando con profundidad y un poco agitada. Sus tetas subían y bajaban a cada bocanada de aire.

– Me encanta mi amor… ¡Bésame aquí! – ordenó dándome órdenes mientras separaba más las piernas abriéndose los labios de la vulva con los dedos. Dijo en voz baja y caliente

Me levanté ubicándome a los pies de la cama arrodillado y abriéndola con una mano en cada pierna le planté mi boca y comencé a morderle bien delicadamente el clítoris. Gimió más alto que antes y su mano atrapó mi cabeza empujándome más contra ella. Me mojaba toda la cara. ¡Estaba totalmente inundada! Le metí la lengua empezando a saborearla y mirando hacia arriba vi a Javier que se ubicaba encima de su cara, con su polla en la mano apuntándole a la boca. Ella no se hizo esperar y la abrió como pudo.

Rosa intentaba metérsela entre los labios ayudándolo con sus manos, pero apenas le entraba la cabeza. Pensé que no iba a poder meterse mucho más. Javier era famoso por el tamaño de su verga y es perseguido por muchas mujeres por esa razón. Tiene el tronco muy grueso y la cabeza tipo seta que la hace ver más exageradamente grande que el resto. Lo único que se escuchaba de mi esposa eran sonidos guturales imposibles de descifrar. Pero se le notaba en la cara que disfrutaba una loca. Rosa a veces se tomaba su tiempo para sacarla manteniéndola frente a sus ojos y se detenía a mirarla, luego mojaba los labios con su lengua y volvía a introducírsela en la boca sin dejar de masturbarlo en ningún instante. Ella sabe demasiado bien como chupar la verga, es uno de sus mayores placeres. Su boca la utiliza tan bien que hace sentir a un hombre como si estuviera metiéndosela en un coño apretado y virgen.

Unos minutos más y quitándosela de la boca… – Javier… me duele la mandíbula de mamártela… es muy gruesa – poniendo los ojos y los labios sonrientes agregó. – ¡…pero me encanta! ¡Me encanta el sabor de las pollas y si son gordas como la tuya mucho más!

Quité mi boca de su vulva y para que descansara la boca le dije… – ¡Métesela Javier que esta mujer arde de ganas por tenerla dentro! ¡Mira lo hinchada que tiene la vulva!

Y sin hacerse esperar ni un segundo Javier tomó posición entre sus piernas.

– ¿La quieres ya? – le dijo morbosamente con su pedazo de carne duro en la mano.

– ¡Te estás demorando demasiado! ¡Claro que Sí! ¡¡Dámela!! Entonces le dije a mi amigo.

– Mira que es bien estrecha para ese mazo…. Métesela despacio para que disfrute.

Y lentamente arrimó ese miembro viril exageradamente grande hasta tocar los labios de la resbalosa vagina. Ella entrecerró los ojos, abrió la boca con un gemido y sus manos lo ayudaron abriéndose los labios de la vulva. Elevó la cadera para enfilar y yo me lancé a besarle la boca para disfrutar con ella de ese momento tan rico que estábamos por pasar.

Javier, considerando mi petición, le deslizaba su cabezón de arriba hacia abajo y presionaba de vez en cuando en el clítoris pajeándoselo…ambos se daban el gusto en sus respectivos puntos más sensibles, a Javier se le veía un glande inflamado sin prepucio frotando la enervada pepita de Rosa. Yo bajé mi mano para tocarle el clítoris y darle más emoción a esa follada que le iba a dar mi amigo y por los ojos de ella me di cuenta que había empezado a penetrarla.

– ¡ Uuuyy…! – fue todo lo que Rosa pudo exclamar.

Se la volvió a sacar y a meter lentamente varias veces expandiendo la vagina constreñida.

– ¿Te duele? – le pregunté

– ¡No! Solo que se me estira demasiado el coño… ¡Aagh…! – fue lo último que pudo decir cuando Javier empujó otro pedazo más de carne dentro de mi mujer.

Ella se quedaba quieta, esperando con expectativa y temor al dolor. Otra vez Javier intentaba penetrarla y Rosa me dijo que sentía que se le inyectaban los ojos de sangre y no sabía hasta cuanto podría aguantar ese mostrenco del diámetro de una pelota de tenis.

– No se la metas toda todavía Javier. Dale tiempo. Deja que se le dilate un poco más…

Rosa me acarició la cara con sus dedos y volvió a sonreír en agradecimiento a mi preocupación. Sus ojos brillaban emotivos y calientes a la vez. En menos de un minuto se animó a mover las caderas lentamente y se fue animando, gimió… – ¡Métemela más!

Yo quité mi dedo del clítoris. Me estaban casi aplastando la mano. Ella levantó las piernas un poco intentando recibirlo hasta el fondo. Él empujó suavemente otra vez y ella volvió a gemir mirándome a los ojos con la boca abierta para tomar aire… – ¡Ay… como me llena!

Javier le abrazó la cadera y le metió el resto. Rosa volvió a mirarme con cara morbosa y logró balbucear… – ¡La tengo tan adentro mi amor…! ¡Estoy súper abierta hasta el útero!

– Disfrútalo mi cielo… pollas como esa solo se encuentran una vez en la vida…

Poco a poco empezaron a moverse con más ritmo. Mi amigo finalmente tenía a mi mujer totalmente empotrada y gozándola. Me separé para dejarlos solos y contemplarlos. Todo el ambiente empezaba a oler a sexo. Mientras se la follaba con sentimiento, se miraban a los ojos con deseo y sonreía uno al otro. Mi mujer le atrapó la cabeza con sus manos en el cabello y lo atrajo hacia su boca. Ahora no solo movían sus caderas jodiendo, sino que se besaban como si fueran amantes en un estado de calentura superlativo. Ella empezó a menear sus caderas con más furia, dejando de besarlo me miró con la boca abierta. Sonriéndome gesticulaba con la boca jadeando… – “¡cómo me folla… qué locura!”

Yo le sonreí mientras me pajeaba viéndolos. Todo el dormitorio se confabulaba con ese momento. ¡Era puro sexo! Y un grito de Rosa me llamó la atención mientras yo me seguía masturbando. Le llegaba un orgasmo imparable, desesperado, intentando tomar más velocidad con sus caderas a pesar del peso de Javier encima de ella. Desde mi posición observa el culo de ambos y el acoplamiento de sus sexos, todo el tallo de Javier desde el ano y perineo en donde enraíza su portentosa verga, pasando por sus ciclópeos huevazos amartillando el coño de Rosa y la gran verga perforando el coño de mi mujer en un enorme boquete, estirado y expandido como jamás lo tuvo hasta el día del parto.

– ¡Asi! ¡Asi! ¡No dejes de moverte! ¡Fóllame duro! Asssiiihhh….! Se movía con desesperación levantando la pelvis, y de golpe hizo una pausa, abrió la boca bien grande y gritó… – ¡Aaaahhh…! ¡Qué ricoooo polvo, joderrrr! – seguía levantando la pelvis en convulsiones espaciadas pero violentas tragándose el cipote y convulsionando.

– ¡Asiiii… no pares…. asiiii! ¡Por favor un poco más no me dejes ahora…. Aaaaggg!

Javier era consciente de todo lo que le rodeaba y de lo puta que se entregaba Rosa, poco importaba ya mi presencia, eran ellos dos ante los acontecimientos… Empezó a bombearla con una fuerza e indolencia tan brutal que creí que la iba a matar a pollazos.

– ¡Estas tan caliente y la tienes tan apretada que me estás haciendo acabar demasiado rápido! ¡Aguanta! ¡Me voy a correr cabrona! ¡Como me succionas la verga con tu coño…!

Pero ella no estaba dispuesta a parar. Creo que había perdido todo el control de la cintura para abajo, y de apretar con fortaleza la tranca de Javier con su musculada vagina. Lo abrazaba con una fuerza desmedida como para que no se la sacara ni un milímetro, succionando al tiempo que apretaba ano. Mi mujer gritaba y se movía impulsiva, frenética.

– ¡Ay sí! ¡Échamela toda la leche bien adentro! ¡Dámela mi amor! ¡Vamos cariño, que vea mi hombre como se preñan a su mujer con tan buena verga! ¡Vacíate los cojones en mí!

Y Javier levantando el cuerpo con sus manos apoyadas en las caderas de Rosa le gritó…

– ¡¡Toma, PUTA!! – Y ella convulsionaba también… – ¡Toma, toma, toma! – le repetía a cada empellón acompañado de un potente chorro de semen.

Javier fue soltándole la lefa en varias veces en lo más hondo de su vagina, junto a la entrada de su útero, para que los bichitos no tardasen mucho en llegar a preñarla.

– ¡Ahhh….!  ¡Siento tu leche caliente en mis entrañas! ¡Ummm! ¡Así, lléname mi vida!

Yo parado al lado de ellos no daba crédito a la violencia con que estaban follando. Se pegaban con desespero desmedido restregándose las pelvis en toda dirección. Siguieron un buen rato en eso hasta que dejaron de hablar y solo se concentraban en los movimientos nada más. Poco a poco fueron bajando la intensidad, relajándose de sus orgasmos hasta que quedaron mirándose a los ojos. Javier bajó la cabeza y la volvió a besar con delicadeza y deseo. Yo no podía más. La calentura de verlos era insoportable y el ambiente tan cargado no permitió que me aguantara. Me acerqué a la boca de Rosa con la polla en la mano y le pedí… – ¡Chúpamela! Y agarrándola con su mano giró la cabeza y se la metió en la boca.

No me hice esperar al sentir la boca caliente y su lengua mojada. Se la metí una vez, dos veces y a la tercera sentí que la esperma avanzaba y el primer chorro lo recibió dentro de la boca. Un segundo chorro lo recibió con la boca abierta para no derramarla y el tercero fue a parar al cachete. Cerró la boca y tragó.

– ¡Ay… qué rica leche tienes mi amor…! Entre los dos me habéis metido no menos de un litro… me habéis llenado de vosotros en cuerpo y alma ¡Os adoro a los dos…!

Finalmente abrí los ojos y la escena era insoportablemente caliente. Javier seguía teniendo su verga dentro de la vagina de Rosa, mirando cómo me había vaciado en su boca mientras me retiraba. Se abrazaron y empezaron a besarse pegajosamente.

– ¡¡Me encanta tener tu verga dentro!! – le susurró ella a mi amigo. Volvieron a besarse.

Me fui al baño dejándolos solos y lo demás es otra historia, dado que hizo habitual la visita de Rosa a la ciudad una vez por semana, algo que después de 15 años aún continua. En ese periodo de tiempo nació Julián, tiene 13 años y sobre él ciernen las dudas de su paternidad. No obstante, esa fue la primera vez que experimentamos el sexo compartiéndolo con alguien.

A lo lejos se divisaba la figura de Luis Eduardo que había llegado a su puesto. Ya se encontraba cortando las cañas con la hoz. Él también fue parte de otra de nuestras aventuras. Recordar esto me calentó hasta el punto de tenerla muy dura. Pensé en Lulú, estaba allí, apenas a cinco minutos… preparándonos las viandas.





¡Lulú! Oui c’est moi. 7º Capítulo




La despedida. 
Al irse Luis Eduardo y quedarme sola en la casita, me invadió un sentimiento intuitivo que me hizo tomar la decisión de regresar a mi casa. Ni Arturo ni los demás todavía habían aparecido por allí, así que me vestí con la ropa seca otra vez y emprendí el camino hacia la villa. Y nada fue más acertado.

Al llegar, a lo lejos noté luz en mi casa y me pareció extraño no ver a mis hermanos por fuera jugando. Al pasar por frente de la casa de Rosa salió a mi encuentro y me dijo sonriendo…

– ¡Tienes una sorpresa! Ve directo a tu casa…

Al entrar, nada menos que mis padres habían regresado de la ciudad. Corrí a abrazarlos y después de muchos besos y la alegría de verlos otra vez, me pusieron al tanto de los últimos acontecimientos.

Ya les habían otorgado las visas de trabajo para la empresa de Lyon. Mi padre la había podido conseguir gracias a su especialización en un nuevo método de riego y fertilización que había ideado. Con la intervención de mi tío que vive allí, esto lo consideró una empresa de francesa de capital alemán, como algo muy útil y le dieron le hicieron el contrato in situ para poder ir sin problemas de estancia, gracias a la libre movilidad laboral dentro de la Unión Europea. Claro que mi padre puso como condición que quería llevar a su familia y se lo aceptaron, después de varios días de idas y venidas telefónicas y las documentaciones que exigían las embajadas.

Por eso se habían demorado. Pero ya estaba todo listo. Me dijeron que tenían hasta los pasajes y nos deberíamos preparar en apenas cinco días para irnos. Charlamos por horas y mamá empezó distribuir las maletas que había comprado para cada uno de nosotros, además de algo de ropa nueva y zapatos deportivos. Mientras hablábamos mi madre me miraba con ojos alegres y algo curiosos. Me sentí nerviosa, no sabía por qué.

– ¿Cómo te has sentido todos estos días hija mía?

– Bien.

– ¿No te han dado mucho trabajo los nenes? ¿Te han estado ayudando Rosa y Arturo?

– ¡Sí! Me lo he pasado muy bien mami. Ellos han sido muy cariñosos conmigo (y me dio una extraña sensación, porque al pensarlo sentí que lo que realmente me había encantado era haber hecho realidad un instinto, descubriendo el sexo con ellos).

Me quedó mirando y luego de una larga pausa se sonrió.

– Bueno, me alegro hija. Tengo la sensación de que has crecido. Debe de ser que al estar varios días fuera tengo esa ilusión. Y me abrazó agregando… – Ya eres una mujercita muy guapa y debes aprender a saber cuidarte. Ya hablaremos… me dijo con la ternura que cualquier madre habla a una hija.

La abracé y le sonreí con alegría. Pero pensé que a pesar de que ella me ve todavía como niña, ya yo me sentía mujer con suficiente madurez para tomar algunas decisiones en cuanto a los cambios causados por mi inevitable crecimiento. Mi padre, distraído como siempre no había reaccionado igual, pero me hacía muchos cariñitos y me hizo sentar al lado de él mientras del otro lado mis hermanos se pelaban para conquistar una posición cercana a él. Me contó que su cuñado nos estaría esperando al llegar al aeropuerto. Me dijo que nos quedaríamos con él. Que tenía una pequeña casita de madera preciosa, tipo cabaña, detrás de la casa donde vivía.

– ¿Y dónde vive él papi?

– Bien al norte, pasando Lyon, en un lugar no muy poblado parece, por lo que me ha contado. A él siempre le ha gustado eso de vivir en parajes solitarios y como le fue muy bien con su negocio, se da el placer de hacer lo que quiere… es generoso. Se ha hecho cargo de todo lo nuestro y nos da alojamiento hasta que yo pueda revolverme por mis propios medios.

Me gustaba que me contara cosas que le sucedían, así como hacerme historias. Las vivo mientras voy creando imágenes en mi mente para darle forma a sus palabras. Poco a poco me venció el cansancio y después de darle un beso de agradecimiento me fui a mi cama…. Volví a la realidad. Entonces me di cuenta de que iba a despedirme de este ambiente, de mis vecinos de mis nuevas experiencias como niña a mujer. No iba a ver más o por lo menos por un largo tiempo a Arturo, Rosa, ni a Luis Eduardo. Sobre todo en este momento en que con ellos había empezado a experimentar de algo tan disfrutable…Poco a poco me fui quedando dormida. Estaba muy cansada, quizás por las tantas emociones vividas ese día.

Los dos días siguientes fueron de locura. Tuvimos que ir dos veces a la ciudad y regresábamos por la noche. Hasta que la última noche antes de irnos para el aeropuerto me fui a despedir de Rosa y Arturo.

Fue emocionante, aunque al principio no pudieron demostrármelo mucho porque me acompañaron mis padres y mis hermanos a verlos. Pero aún así, Arturo se las ingenió para poder darme una despedida como deseábamos tener. Buscó la excusa de que lo acompañara a buscar un recuerdo que me habían preparado justo en el momento que mis padres se habían despedido para regresar a la casa a terminar de cerrar las valijas. Mis hermanos salieron a la calle con Julián y yo seguí a Arturo que me guiaba al dormitorio de la mano. Rosa, imaginándose lo que su marido planeaba, salió detrás de ellos a despedirlos fuera para asegurarse de que estaríamos unos minutos tranquilos.

El regalo era una caña de azúcar en la que habían entallado el nombre de ellos junto al mío. Cuando entramos, Arturo me empujo suavemente a un lado desde donde nadie podía divisarlo apoyado por la falta de luz eléctrica y me abrazó. Me levantó en el aire pegando los labios a mi boca. Me gustó esa acción repentina y le abrí la boca completamente, mientras abrazándolo con las piernas me llevaba a recostarme contra la pared. Nos chupamos las lenguas mientras me hacía sentir su calenturienta dureza entre las piernas. Me encantaba la masculinidad que me ofrecía Arturo, un hombre cincuentón bragado en mil batallas vitales, un macho varonil y musculado, robusto y tierno a la vez. ¡Me encantaba estar sometida a su fortaleza!

– ¡Hace días que tengo ganas de follarte! 

Le contesté como boba… – ¡¿Sí?!

– Sí. Mira cómo me tienes de solo mirarte mientras estábamos en la cocina con tus padres. Tenía ganas de abrazarte y manosear tu coñito. ¿Y tú?

– Yo también tenía ganas… me gustas mucho.

Sentía su verga rozándome entre las piernas y yo ya estaba deseando que me la metiera dentro partiéndome en dos. La sacó lista, dura y deseosa fuera del pantalón. Yo ya estaba volada en fiebre. ¡Ese día estaba especialmente caliente! El coño me ardía, resultado de pensar tanto en ellos mientras daba vueltas con mis padres con los preparativos. Pensé mucho en ellos, hasta el punto de masturbarme durante la noche en silencio para no ser descubierta... de vez en cuando me metía la mano solapadamente, pero no era lo mismo que en la intimidad.

Arturo hizo a un lado mis braguitas y cuando sentí el calor de su pollón en el hueco de mi entrada vaginal, me soltó la cintura y me deslicé por completo penetrándome hasta el fondo de mi ser por pura fuerza de la gravedad. Se aferró desde abajo de mis nalgas y empezó a zarandearme de arriba a abajo con una demostración de calentura fuera de lo común. No paraba de babearme la boca y estrujarnos las lenguas empalada en tan duro y grueso tronco. En eso vi entrar a Rosa, pero ni él ni yo pudimos parar follar subida en sus caderas y él con los pantalones en los tobillos, desprovisto de calzoncillos. Ese maduro semental se había preparado para algo así….Y le dijo a Arturo su mujer…

– Yo también quiero despedirla mi amor.

– Chúpale el culito mi cielo y mis huevos de paso también.

Arturo se acostó en la cama de espaldas conmigo encima. Me tenía clavada en su maravilloso mástil que estaba durísimo y parecía no querer abandonar ni un centímetro de su presa. Sentí las manos Rosa abriéndome las nalgas y atropelladamente me metió la lengua en la entrada del culo. Con su mano libre nos acariciaba a ambos… a su marido le sobaba los huevazos y mi culo teniéndome acoplada muy juntos, completamente recostada sobre el pecho de Arturo, mientras continuábamos follando.

Yo estaba tan fuera de mí que casi saltaba y en cada inserción, parecía que me iba a salir la polla por la boca. Me movía con fuerza desesperante hasta que sin poderme contener empecé a jadear anunciando un orgasmo inevitable. Arturo provocado por mis eróticos movimientos y sabiendo que no había mucho tiempo antes de que mis padres me llamaran, me gritó…

– ¡Toma mi leche pequeña! ¡Te voy a llenar esa apretada vaginita otra vez! Quiero te te lleves un buen recuerdo de mí... dentro de ti.

Hizo una pausa de un par de segundos y reinició la follada que me estaba dando mientras derramaba la ingente cantidad de lefa…, el primer chorro de esperma lo disparó bien al fondo de mis entrañas, tanto que me lo hizo notar caliente y espeso. Por convulsión se correspondía con un nuevo chorro de lefa y con cada bombeo empujaba más al fondo su abundante corrida

Y la sentía cada vez que se vaciaba dentro de mí. Ese calor tan peculiar del semen caliente mezclándose con mis paredes interiores me provocó un grito de placer al momento que el orgasmo explotaba desde lo más profundo de mí ser. Fue mucha la leche la que derramó dentro de mí la bestia parda de Arturo. No me soltó por un buen rato. Hasta que se calmó y me la fue sacando muy lentamente hasta que mi raja escupió parte fuera, mojándolo todo de lefa.

Pero Rosa no se quería quedar sin su cuota y ni bien me giré para salirme de esa posición, ella se acostó boca arriba y me pidió que la montara en su cara. Comenzó a chuparme el coñito, bebiéndose todo mi flujo mezclado con el reguero de semen brotando de dentro de mi vagina, ayudando a mis movimientos con las manos que aferraban mi culo. Se lo fue tragando y chupándome la raja y el clítoris… metía su lengua en mi orificio extrayendo la esencia de su marido y cuando ya no podía sacar más de la leche de Arturo y la mía, me pidió que rodara mi cuerpo para chuparnos las bocas de nuestros coño las dos a la vez. Abrió sus piernas y le besé en la vulva con mi boca abierta sacando la lengua de vez en cuando para jugar con su clítoris. Olía a puro sexo. Me embestía con su carnoso coño moviendo las caderas y yo chupaba abrazada de sus muslos. Yo no aguantaba más y otra vez un orgasmo se asomaba entre mis bajos. Rosa se dio cuenta y me dijo…

– Vamos chiquita ¡Córrete y dame la corrida tan buena! ¡Yo también te la voy a dar…!

Y las dos empezamos a gemir y sacudirnos cada una en la boca de la otra. Así estuvimos un par de minutos, cuando de pronto le salió un chorretón enorme de fluido incoloro entre gritos de placer…. Se me mojaba la boca, la nariz y hasta me corría un hilo líquido por el mentón de todo lo que le salió a ella durante el orgasmo. Al tiempo que ella me jalaba el coñito con verdadera maestría haciéndome correr también. Me templaban las piernas y se me derretía el chocho. Volví a rotar enfrentándome a su cara y sonriéndole la besé. El interior de nuestras bocas se encontraba pastoso y decidimos seguir besándonos hasta conseguir suavizarlas. Cuando entramos en calma, Arturo me vino a besar y degustar la corrida de su mujer en mis labios, en mi lengua.

No habían pasado ni tres minutos que entró Julián a decirnos que mis padres me estaban esperando, pero ya estábamos vestidos, tranquilos y sentados hablando. Así y todo, Rosa me dio un beso en los labios, Arturo también y Julián se quedó indeciso y sorprendido. No sabía qué hacer hasta que su madre le dijo…  – ¿No la vas a besar de despedida?

Entonces vino hacia mí, me tomo por la cintura y me dio un beso tímido en la boca. Regresé a casa pensando en la velocidad con sucedían estas cosas vinculadas con el crecimiento y el desarrollo sexual apresurado de mi cuerpo.

¿Qué iba a hacer para saciar tanto deseo que había dentro de mí, ahora que iba a un lugar nuevo? ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que pudiera tener sexo otra vez? ¿Qué sucedería cuando me llegase la regla…? me comento Rosa que los ardores de coño son mayores ¿Quién me los iba a quitar en Francia? No conocía a nadie, al menos a nadie con la confianza de los hombres de la villa. Muchas preguntas comenzaron a agolparse en mi mente y empezaron a acumularse los nervios de una nueva aventura que caía en un momento que no quería dejar de vivir lo que estaba sucediendo.




 

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